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“Historia de una medalla cien”
Mi vida deportiva empieza a los tres años. Fue a esa edad cuando me tiré a una piscina en Valencia, y desde
entonces no he dejado de practicar la actividad física. Natación, fútbol, tenis, pádel. Creo que no hay disciplina
en la que no haya competido. Y todo eso se lo debo a mi padre. Él me transmitió el amor por el deporte, el afán
de superación, el espíritu de lucha.
Llegué a la esgrima por casualidad. O más bien ella llegó a mí hasta calarme en lo más profundo y convertirse
en parte de mí. Desde el día en que encontré la publicidad de la Sala de Armas en el buzón de mi casa de Madrid
hasta hoy mismo, la espada no sólo se ha convertido en una extensión de mi brazo, sino que me ha enseñado
a hacer míos valores como el honor, el respeto o la elegancia.
Mi maestro, mi familia, mis amigos, mis compañeros. Todos ellos son parte importante de la
medalla olímpica que conseguí en Pekín. Un final dulce para un camino con no pocos tragos
amargos que no habría podido recorrer sin su ayuda. Esta es mi historia.







